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Tercer tiempo

Campeones

Es el año en que el Barça vivió peligrosamente. Ernesto Valverde tomó unas riendas rotas y convirtió el gafe de un año en un apeadero fructífero. Dos campeonatos para un equipo expuesto a la extremaunción resultan una cosecha que desmiente a las agoreros del fútbol. La constancia es también una virtud, y no sólo la ocurrencia. Messi e Iniesta han sido los símbolos de estos triunfos. E Iniesta se va. Éste es también un símbolo del fútbol. Ahora hay que saber despedir y, sobre todo, hay que saber celebrarlo. Honra para el Barça, alegría para Valverde.

Fulgor de Iniesta

Ahora da la impresión de que todo fue un jardín de rosas, porque se va. Pero dentro de ese cuerpo enjuto, de esa cara que combina la ingenuidad, la esperanza y la tristeza, también hubo otros llantos más amargos que los que exhibe Iniesta ahora en su despedida. Su fulgor fueron sus triunfos, para el Barça, para la Selección. Sus tinieblas fueron explícitas: Luis Enrique trató de dosificarlo, como si fuera un medicamento, y eso precipitó una sensación de perentoria retirada. Ernesto Valverde le hizo justicia y ha convertido este año del adiós en un festival de aplausos para Iniesta, en cualquier sitio.

Maradona

No hubo tanto fulgor en el fútbol como el de Diego Maradona. Y no ha habido tantas tinieblas como las que se han creado a su alrededor, dentro y fuera de Argentina. Ahora ha protagonizado un incidente propio de él en los países árabes: su equipo, al que entrenaba, no logró ganar el campeonato, y se fue de su mando, se desmandó, como alma que lleva el diablo. No le gusta perder, no sabe perder. Eso es lo que le ha pasado en la vida: inútil para perder. Escribo en Buenos Aires. Aquí no ocultan el disgusto con él. Un taxista de Boca me lo dijo: “Hace rato que el Diego ya no”.

Invierno del fútbol

En Buenos Aires caen rayos y se escucha un cielo atronador mientras escribo. Es el otoño rabioso que combina calor sofocante con unos aguaceros que se parecen a los descritos por García Márquez en Macondo. Su fútbol está en horas bajas, sus ídolos, desde Di María a Higuaín y a Agüero, están hibernados para la confianza pública. Me preguntan quién va a ganar el Mundial. Ellos creen que Messi va a ser el talismán; no se les ha curado la cuerada española. El símbolo fue cuando Messi dejó su lugar en la grada. Viven, como dice Dickens, “el invierno de la desesperación” futbolística y el Mundial es la piedra de toque.

Tristes partidos

¿Y en la LaLiga española? Llegan ecos de la tristeza atléticobilbaína, tan presente en la época del Cuco Ziganda, mirada desde la perspectiva del sosiego que le dio al club Ernesto Valverde. Una derrota ante la Real, además, es, más que una pérdida, una debacle. Malos tiempos, ya lo fueron también para los donostiarras. Lo más triste es lo de la UD Las Palmas, vaciada de esperanza, ahora empata ante el Espanyol. El esfuerzo inútil conduce a la melancolía, pero si no lo haces quedas peor aún ante ti mismo. A la UD le hacen falta ahora, en la segunda, alegría y gofio. Y otra directiva, Ramírez lo ha de saber.

Ceballos y el futuro

Lo marcó en el partido ante el Leganés: Ceballos quiere entrar en la rueda de la calidad. Se divirtió, dice el As, en un partido en el que el Madrid se vistió de nada. El Madrid está para otras cosas, ojalá que esta temporada lo tenga en alto al final, en su lucha copera. No tiene a Isco. Isco es el Iniesta del futuro, se dice. Ceballos viene buscando un sitio así. Ahora empezarán los jóvenes futbolistas a ensayar a ser Iniesta. Es lo que consolida a este gran jugador que se nos va como el fulgor que alumbra nuevas vocaciones. La estela que deja Iniesta seguirá marcando el fútbol desde donde esté.

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