Tercer tiempo

Los gritos

Imaginen que mientras escribo estas líneas para As escucho a mi alrededor un griterío que me reprocha cualquier palabra que he escrito. Pues eso les pasaba a los jugadores del Málaga, pero no a ellos directamente, sino al club, a su presidente millonario, a sus circunstancias en la pobre clasificación, en la memoria de todo lo que les pasa en este difícil trago. Los futbolistas son culpables de su juego, pero, ¿a qué viene tanto griterío cuando ellos están tratando de jugar un balón? Estuvieron a punto de doblegar al Barça dos veces, y empatar. ¿Cómo lo hubiera celebrado esa grada?

Susurros

Los gritos suenan más que los susurros, claro está; en el fútbol y en cualquier parte. En Eibar fue tan caballeroso todo, el equipo local está tan encantado de conocerse que no pudo reprocharle nada al rival del muy serio aspirante, otra vez, a campeón de Europa. Viajaba en avión; al aterrizar, As decía: “Minuto 38, segunda parte, 1-1”. Alguien a mi lado susurró: “A ver qué dice Cristiano”. Y cuando ya tomé el autobús para dirigirme a la terminal puse otra vez el chivato de As: “1-2. Final”. Luego rebobiné el partido. Modric es un genio del fútbol de los susurros. Cristiano grita. Pero es que no hay nadie que lo calle.

El fútbol callado

El caso de Modric es una demostración de que el fútbol es ética y estética; en el caso del croata, su ética es la del silencio, no hablar más alto que lo preciso, para explicar fútbol, para dominar pasiones propias del campo. Fuera de él, ¿quién sabe qué dice Modric? No especula, ni especulan con él. No me lo imagino en equipos altisonantes, como el PSG. Cuando son buenos los futbolistas son como Modric, o así lo recuerdo. Como Modric es Iniesta, el mismo tipo de hombre callado al que tendrían que hacerle sangre para protestar una falta. Y lo que hizo en Eibar… tengo aún el sombrero en la mano, brindando por él.

Antología semanal

Ese balón de Modric es de antología: lo que se dirá de él será acompañado con esa maravilla. Y con la de Coutinho. La combinación de estos dos multimillonarios del Barça, Dembélé y Coutinho, ha dejado respirar a la afición descontenta. Lo que es el fútbol: una sola jugada rebaja el griterío. Dembélé ha restituido la esperanza en la estética; aún no ha marcado pero ya hace marcar. Y Coutinho es un futbolista capaz de asombrar con un solo gesto. LaLiga acaba pronto. El verano será peor sin Modric y sin Dembélé, y sin Coutinho, ya verán. Y sin Messi y sin Cristiano. Pero esos están aunque no jueguen.

La guerra blanca

Esa disputa desigual Valencia-Sevilla le da paso a Marcelino, más constante, más serio, menos experimental. El Sevilla se ha hecho un lío con las dos competiciones, y no sabe ya a qué está jugando. El Valencia lo vapuleó en un gran día de Rodrigo, que marcó dos goles que dejaron a Nervión fuera de juego para el futuro inmediato y tocado para lo que le queda de sus restantes esperanzas, que son altas. El fútbol se juega con los pies, por eso se producen traspiés. En algún caso, como en el de Cristiano, la cabeza es un instrumento de enorme peso. El Madrid tiene en esa cabeza un seguro de vida. El Sevilla bosteza ante el peligro.

Quini, palabra mayor

Ahora Quini es palabra mayor de su estadio, la gente calienta el alma y su garganta invocando aquel grito. “¡Ahora Quini, ahora!” Lo escuché en Carrusel. Como si estuvieran devolviendo con el grito la vida a quien tanta alegría les dio. Es gritar al espejo, porque hay futbolistas que dejan una huella de hermandad y de afecto. En otro terreno, en el Metropolitano, le gritan al Cholo como si él hubiera rehecho el alma del Atlético. Y en otras partes gritan nombres invocando con pasión el espíritu que ha armado la historia de los equipos. Prefiero estos gritos que la piedra cruel de los gritones.

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