Doblete... ¡calienta!

Doblete... ¡calienta!

Rumbo a la gloria. El Bernabéu reventó la plaza. Como en los grandes días. Se palpaba en el ambiente. Era la última cita del madridismo con sus héroes antes del triple asalto final para conquistar el soñado doblete. Por delante quedan las batallas de Vigo, Málaga y Cardiff. Todas lejos del calor de Chamartín. La afición lo sabía y engalanó el santuario de La Castellana con la intensidad de una final. Lo era. Con el Sevilla, pocas bromas. Y con Sampaoli, menos. Ellos quebraron la racha triunfal del Madrid de Zidane en una noche en la que salieron malparados Keylor, Benzema y el propio Zizou. Cinco meses después, los tres están fortalecidos como una roca en la bahía de Sydney. El costarricense, desde hoy apodado Keylord, vuelve a ser ese Ángel de la Guarda volador que el año pasado desterró la sombra alargada de De Gea. Tres paradones en la primera parte evitaron que al descanso los hispalenses se hubieran subido a las barbas del mejor equipo de Europa. Y de España. Karim no jugó, pero desde su gol de museo en el Calderón no habrá quien le tosa durante largo tiempo. Conmigo no cuenten, desde luego. Y a Zizou, el talismán de la Undécima, sólo cabe darle las gracias. Encima le ha quitado otro récord a ese Bayern Múnich al que le ha comido la moral (¡62 partidos seguidos marcando!). Nos ha dado tanto en 17 meses que parece frívolo buscarle las cosquillas por nimiedades que nos hacen olvidar lo importante: su maravillosa gestión del grupo nos ha hecho invulnerables.

Nacho, a tus pies. El canterano más ejemplar que recuerdo desde Butragueño. Defensa excepcional, multiusos único en su especie (juega a alto nivel en los cuatros puestos de la defensa), jamás baja del notable alto y, desde este Madrid-Sevilla, para siempre quedará como ‘el chico más listo de la clase’. Su gol de falta sorprendiendo a todo el Sevilla fue un ejemplo de picardía y viveza. El fútbol es para listos. Nacho dejó a Sampaoli petrificado. Todo el trabajo de pizarra de la semana salta por una acción así. Fútbol.

Pepe y James. Déjenme que me ponga nostálgico en este domingo de tantas alegrías (incluida la de Rafa Nadal, que me emocionó el sábado en la Caja Mágica ante Djokovic como si fuese la final de la Champions). Hablo de Pepe y James. Se van. No volveré a verles defender esta camiseta sagrada en el Bernabéu. Pepe merecía otro adiós. ‘Pepe, orgullo del madridismo’, rezaba la pancarta de la Peña Ramón Mendoza. Se nos va un gladiador, un trozo de la bandera del Madrid. Y se despidió James. Jugador excepcional, pero sin sitio. Una pena.

Cristiano 401. Son los goles que lleva en 391 partidos. Historia que tú hiciste, historia por hacer. Y le metió dos chicharros al Sevilla, su víctima favorita (25). Su zurdazo en el 3-1 puede valer una Liga. Ya son 37 goles oficiales en el curso. Acabará con más de 40. Y llegará a Cardiff fresco como una rosa. Gracias a los consejos de Zizou.

Afición eufórica. Da gusto ver el rostro del madridismo. Pupilas iluminadas, felicidad indisimulada y euforia contenida. Para todos supone un sueño al alcance de la mano completar un temporadón con un póker imperial: Champions, Liga, Mundial de Clubes y Supercopa de Europa. Me trasladan su fe en un final feliz las peñas de Vilanova del Camí y La Séptima Santa Copa de Santa Perpetua de Mogoda, así como Antonio, el lotero de Fuengirola, y David Segovia, de El Morell. Héroes vikingos.

 

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