Ángel Villar, o el arte de la permanencia

Villar consumió la Asamblea en un si es no es. La idea era trasladar a la comisión delegada la responsabilidad de convocar elecciones, a fin de repartir responsabilidades ante una eventual demanda posterior. Y eso se hizo. Pero después no se convocaron elecciones. A la hora de la verdad, no hubo el paso adelante de un Fuenteovejuna para respaldar el desafío. Hay gente que ya se tienta la ropa. De hecho, a esta Asamblea acudieron 125 de 180. Entre las ausencias fue notable la del fútbol profesional. Sólo cuatro (Cerezo, Castro, Urrutia y Gorostiza) de los 22 presidentes de club asambleístas acudieron.

Villar va perdiendo fuelle, se nota. Aún tiene los firmes respaldos de Alejandro Blanco y Luis Rubiales, que son personajes de peso, pero su fallido asalto a la UEFA le ha desgastado. Y también hay una cierta fatiga de su eterno conflicto con el Gobierno, léase Cardenal. La idea que transmite Villar es que cuando este se marche, cosa que ocurrirá con el nombramiento de un nuevo Gobierno (que ya empieza a verse cercano), el panorama será otro. Y si no, confía en que la ‘nueva FIFA’ acuda en su socorro, como hizo Blatter en una ocasión, cuando tuvo un conflicto similar con Lissavetzky.

Mientras, sigue. Las anteriores elecciones las ganó un 2 de enero, en un cambio de guardia de Secretario de Estado, en el tramo final del zapaterato. Ya va para cinco años. Ha sabido aprovechar el peloteo del papeleo de su conflicto con Cardenal para alargar este mandato. Podría dedicarse a dar ‘másters’ de permanencia en el cargo en las mejores universidades del mundo. En eso es admirable y lo digo sin ironía. Y, para entretener la espera y para que la Asamblea le sirviera para algo, humilló a Jorge Pérez, que estaba en la posición equívoca de Secretario General al tiempo que candidato a derrocarle.