El entrenamiento que falta: por qué la preparación mental antes de un partido puede ser lo más importante
¿Cómo y por qué se debe trabajar lo mental en un equipo de fútbol? Miedo, ansiedad, motivación y más factores que influyen.

Un jugador de fútbol profesional puede entrenar tres cosas: el cuerpo, el oficio y la mente. Lo físico —fuerza, resistencia, velocidad. Lo técnico y táctico —el oficio del jugador, lo que se pule con repetición y análisis. Y lo mental —cómo piensa, cómo percibe la presión, cómo responde cuando las cosas se ponen difíciles.
A los dos primeros se les dedica la mayor parte del tiempo. Tiene sentido. Pero lo mental se subestima. Y es paradójico, porque en los momentos decisivos —cuando el marcador está en contra, cuando la presión aprieta, cuando hay que tomar una decisión en fracciones de segundo—, lo que más pesa no es lo físico ni lo táctico. Es lo mental.
He estado en hoteles de concentración en Bogotá y en Medellín la noche antes de partidos que importaban. He visto la cara de jugadores profesionales sentados después del entrenamiento, cenando juntos, con la mente ya puesta en lo que viene mañana.
He tenido el privilegio de hacer charlas de reflexión para equipos como Independiente Medellín, Atlético Nacional, Millonarios e Inter Bogotá, trabajando junto a entrenadores campeones como Alejandro Restrepo, Alberto Gamero y Juan Carlos Osorio. Acompañé al equipo profesional de Millonarios en la conquista de tres títulos —Liga, Copa y Súper Copa—, y al Medellín hasta una final de Liga. Casi siempre las hago el día previo al partido, después del entrenamiento o en el hotel de concentración antes de la cena. Y con el tiempo he ido confirmando algo que parece simple pero que lo cambia todo: lo que un jugador piensa, siente y percibe la noche antes del partido condiciona cómo va a rendir al día siguiente.
No hablo de motivación. Esa palabra ya perdió fuerza de tanto usarla. Hablo de preparación mental. De percepción. De entrenar esa tercera dimensión que casi nadie trabaja con la seriedad que merece.
No es motivación, es cambio de percepción
Hay una confusión grande en el fútbol con la palabra “motivar.” Muchos creen que motivar es subir el volumen, poner un video épico y gritar que hay que dejarlo todo en la cancha. Eso no funciona. O funciona 15 minutos. Y un partido dura 90.
La charla previa al partido no es para motivar. Es para preparar la mente.
Motivar es intentar cambiar el comportamiento desde afuera. Preparar la mente es cambiar la percepción desde adentro. Y esa diferencia lo es todo, porque cuando la percepción cambia, el comportamiento cambia solo. Sin forzarlo.
Un jugador que percibe la presión como amenaza juega con miedo. Uno que percibe esa misma presión como oportunidad juega liberado. Mismo rival, misma cancha, misma hinchada. Pero su percepción los pone en estados completamente distintos.
La charla existe para mover esa percepción antes de que el jugador pise el campo.
¿Por qué la noche antes y no el día del partido?
Porque la noche antes es el último momento de calma antes de la tormenta. El día del juego hay ruido por todos lados. La logística del bus, el calentamiento, los nervios del camerino, las instrucciones tácticas. No hay espacio para detenerse a reflexionar.
La noche anterior es diferente. El entrenamiento ya terminó. La parte táctica ya se trabajó. El cuerpo está en reposo. Y es justo ahí donde la mente necesita su propia preparación.
Lo que un jugador piensa antes de dormirse se queda con él. Se instala. Cuando despierta al día siguiente, esa percepción ya está funcionando, influyendo en cada decisión que tome en la cancha. Si se fue a la cama rumiando los errores de la semana pasada, pensando en la presión de la hinchada o en lo que puede salir mal, su mente arranca el partido desde el miedo. Si se durmió conectado con quién es, con lo que ha logrado, con una herramienta clara para manejar los momentos difíciles del juego, arranca desde otro lugar.
Qué hago en estas charlas
Cada sesión es distinta porque cada equipo está viviendo un momento diferente. Pero hay elementos que se repiten porque funcionan.
Lo primero que hago es un ejercicio de respiración. Parece simple, y lo es, pero el impacto es profundo. Después de un día de entrenamiento, de viaje, de ruido mediático, la mente de un jugador profesional está en mil partes al mismo tiempo. La respiración los trae al presente. Los baja de las revoluciones. Y desde ahí empiezo a trabajar con algo que considero fundamental: la gratitud. Tomarse un momento para reconocer dónde están, la oportunidad que tienen, el privilegio de hacer lo que hacen. Eso no es cursi. Es reconectar con una emoción que cambia el estado interno.
Después entro en el contenido. Les cuento historias. Historias reales del deporte, aprendizajes y lecciones de los mejores del mundo. De atletas que enfrentaron momentos similares a lo que ellos están viviendo y encontraron la forma de salir adelante. No les cuento estas historias para entretenerlos. Se las cuento porque las historias mueven algo que los datos no mueven. Generan identificación, despiertan algo por dentro.
Y a partir de ahí trabajamos habilidades mentales concretas. Dependiendo del momento del equipo, la charla puede enfocarse en temas como el enfoque de la atención — aprender a controlar dónde pones la mente cuando las cosas se complican. O en autoconfianza — reconectarse con la capacidad propia cuando la duda aparece. Hablamos de determinación, de resiliencia, de qué hacer con el error cuando ya pasó y el partido sigue. De claridad mental para tomar decisiones bajo presión. De mentalidad positiva no como un eslogan vacío sino como una elección consciente.
También trabajo temas colectivos. Liderazgo, trabajo en equipo, comunicación verbal y no verbal dentro de la cancha. Cómo se miran entre ellos cuando van perdiendo. Qué dice el lenguaje corporal de un equipo que se viene abajo versus uno que se levanta. Eso importa más de lo que muchos creen. Un compañero que baja la cabeza después de un gol en contra le está mandando un mensaje al grupo entero. Y un capitán que se para con el pecho abierto y pide la pelota está mandando otro.
A veces les dejo una herramienta específica. Un protocolo de respiración para volver al presente después de un gol en contra. Una palabra ancla que el equipo comparte para reconectarse. Un concepto que funcione como brújula cuando todo se ponga difícil al día siguiente.
Lo que busco es que cuando termina la charla, cada jugador se vaya con algo. No con euforia pasajera. Con algo útil.
Las claves que he aprendido haciendo esto
Tiene que ser para este equipo en este momento. La peor charla posible es la genérica. La que le podrías dar a cualquier equipo contra cualquier rival. Esa no conecta porque no reconoce la realidad de los que la escuchan. Antes de preparar una sesión necesito entender qué está pasando: ¿vienen de una racha mala? ¿Hay presión mediática? ¿El rival es favorito? ¿Cómo está la confianza del grupo? La charla tiene que partir de ahí, de su realidad.
La percepción es lo que importa, no las instrucciones. No les digo qué hacer. Los ayudo a ver diferente. Cuando un equipo en crisis descubre que su rival también llega con miedo, la percepción de la amenaza cambia. Cuando le recuerdas a un grupo de jugadores con experiencia todo lo que han superado, no les estás dando instrucciones nuevas. Les estás devolviendo la confianza en lo que ya saben hacer.
La inspiración sola no alcanza. Si después de la charla un jugador se siente “motivado” pero no tiene algo específico que pueda usar mañana en cancha, la charla quedó a medias. Una buena sesión combina reflexión con herramienta. Algo que se puedan llevar al campo de juego.
Mi propio estado importa tanto como lo que digo. Las emociones se contagian. Si estoy ansioso, el grupo absorbe esa ansiedad. Si estoy tenso, el grupo se tensa. Si transmito calma y convicción, eso se instala en la sala. Antes de pararme frente a un grupo de jugadores necesito regular mi propio estado. No puedo pedir presencia si yo no estoy presente.
Lo colectivo pesa más que lo individual. La charla más poderosa es la que hace que 25 jugadores sientan que son parte de algo más grande que ellos mismos. No 25 personas recibiendo información, sino un grupo que comparte un propósito y una forma de ver el partido de mañana. Cuando la charla construye eso — “esto es lo que somos, así competimos nosotros, esto nadie nos lo quita” — el grupo sale al campo con algo que la táctica sola no da: pertenencia.
No a todos les llega igual (y está bien)
Sería deshonesto de mi parte decir que todos los jugadores conectan con estas charlas. No es así.
Hay jugadores que se enganchan de inmediato. Que al terminar se me acercan, me piden que les comparta algo de lo que hablamos, me escriben después, me cuentan algo personal. Esos momentos son los que me confirman que esto vale la pena.
Pero también hay jugadores que están ahí con la mirada en otro lado, cerrados, sintiéndose obligados. Y lo entiendo. No todo el mundo está listo para este tipo de trabajo en el mismo momento. No todo el mundo lo necesita de la misma forma. Y forzarlo no sirve de nada.
Lo que he aprendido es que mi trabajo no es convencer a nadie. Es poner algo valioso sobre la mesa. El que lo tome, lo tome. Y a veces el que parecía más desconectado es el que semanas después te dice que algo de esa noche se le quedó.
Somos la llave y la cerradura al mismo tiempo
Hay algo que les repito a los jugadores y que aplica a cualquier persona: cada uno tiene dentro de sí lo necesario para desbloquear su máximo potencial.
La charla previa al partido no agrega nada que el jugador no tenga. No le da talento nuevo ni piernas más rápidas ni una técnica diferente. Lo que hace es recordarle lo que ya tiene. Reconectarlo con su capacidad. Quitarle el ruido para que lo que ya sabe hacer aparezca con naturalidad.
El trabajo no es llenarlos de información. Es ayudarlos a soltar lo que les sobra: el miedo, la duda, la presión innecesaria, el peso de los resultados pasados.
Cuando un jugador se para en la cancha limpio de ese ruido mental, presente, conectado con su equipo y con una herramienta para manejar la adversidad, las probabilidades cambian. No porque sea otro jugador. Porque es él mismo sin los obstáculos que normalmente se le atraviesan.
La charla previa al partido no es un lujo ni un accesorio. Es preparación mental. Tan importante como el entrenamiento físico, táctico y técnico.
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El partido no empieza cuando el árbitro pita el inicio. Empieza la noche anterior, en la mente de cada jugador. Y lo que sembremos ahí tiene mucho que ver con lo que va a pasar mañana en la cancha.
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