A la Argentina la ayudan
La Scaloneta jugará ante Inglaterra una de las semis. Y no tenga duda que nuevamente recibirá ayuda. ¿De la FIFA?


Si usted abrió el enlace y llegó hasta acá esperando encontrar la confirmación de alguna de las tantas teorías conspirativas que circulan cada vez que la Selección Argentina gana un partido importante, lamento desilusionarlo: no va a encontrar eso en este texto. No habrá acá una tesis sobre árbitros, VAR, FIFA, manos invisibles ni favores oscuros. No porque no existan discusiones posibles en el fútbol, sino porque reducir a esta Argentina a una sospecha es una manera cómoda de no mirar lo verdaderamente interesante. Amigo, amiga… puede cerrar y seguir buscando o puede leer este intento de entender al fútbol campeón del mundo desde un vértice social.
A la Argentina la ayudan, sí. Pero la ayudan otras cosas.
La ayudan los clubes de barrio. La ayuda el potrero. La ayuda una infancia donde la pelota muchas veces aparece antes que la estabilidad y los primeros pasos. La ayuda una cultura deportiva construida en baldíos, patios, veredas, canchas de tierra, playones municipales y sociedades de fomento. La ayuda ese país contradictorio, roto y maravilloso, capaz de fabricar tristeza económica y alegría futbolera en la misma cuadra y en el mismo momento.
La Albiceleste está otra vez en semifinales del Mundial. Otra vez entre los grandes. Otra vez instalada al lado de monstruos europeos con más poderío, más estructura, más previsibilidad y menos sobresaltos cotidianos. Francia, España, Inglaterra. Tres potencias del fútbol y del orden. Tres selecciones nacidas en sistemas que parecen diseñados para que nada se salga demasiado de lugar.
Y después está Argentina. Un país donde casi nada es fácil. Tal vez por eso su Selección juega como juega. No siempre bien. No siempre lindo. Argentina sufre, se desordena, se pone dramática, se mete en incendios innecesarios, deja partidos abiertos que otros equipos cerrarían con mayor frialdad. Pero tiene algo que no se compra. Algo que no se entrena en laboratorios europeos.
Tiene calle. Tiene hambre. Tiene memoria. Tiene barrio. Esa es la ayuda, mi estimado lector.
En Argentina hay 11.870 clubes y entidades deportivas diseminadas por todo el país. Clubes que no son apenas lugares donde se juega al fútbol. Son refugios. Son comedores improvisados. Son cumpleaños de sábado. Son pileta en verano. Son básquet, vóley, patín, baby fútbol, tango, murga, apoyo escolar, rifas para pagar la luz y padres que venden empanadas para comprar camisetas o pagar un viaje hasta el pueblo vecino porque el dinero no alcanza. Son la primera institución de pertenencia para millones de chicos antes de que el Estado llegue, si es que llega.
Ahí se aprende algo más que una pared o un control orientado. Se aprende a esperar el turno. A perder. A bancar al compañero que se equivoca. A jugar con la camiseta prestada. A no quejarse porque la cancha está mala. A correr, aunque duela. A entender que el talento solo no alcanza si uno no tiene carácter para sostenerlo.
Por eso Argentina produce futbolistas de elite, pero también engendra competidores. No es lo mismo. El talento puede nacer en cualquier lado. El competidor germina, muchas veces, de la intemperie. De la adversidad. De crecer sabiendo que nada está garantizado. De una sociedad en la que el 41,3% de los chicos entre 0 y 14 años conviven con pobreza y en la que el 44% de las familias trabajan en la informalidad. Donde el futuro se parece más a una pelea diaria que a una planificación ordenada. No hay que romantizarlo. La pobreza no es virtud. La desigualdad no es épica. Que un chico no lea bien a tiempo no debería ser parte de este ensayo literario deportivo.
Sería ingenuo negar que este país difícil moldea también una forma de transitar el mundo. Argentina no debería necesitar sufrir para sentirse viva. Pero cuando sufre, sabe qué y cómo hacerlo. Ahí aparece la Selección. Ante Suiza volvió a pasar. El partido se puso incómodo, pesado, largo. Argentina no jugó una obra maestra. No fue una sinfonía. Lejos de eso. Fue una resistencia. Un ejercicio de terquedad emocional. Otra vez El Campeón del Mundo se vio obligado a caminar por la cornisa. Otra vez tuvo que buscar respuestas cuando el fútbol no le salía limpio. Otra vez apareció ese viejo músculo argentino: el de no aceptar el final antes del propio final. Apareció el talento individual y la épica colectiva.
Ahora viene Inglaterra.
Scaloni, con la responsabilidad institucional de quien entiende el peso de las palabras, dijo que será solo un partido de fútbol. Está bien que lo diga. Tiene que decirlo. El entrenador debe cuidar al grupo, bajarle efervescencia al asunto, quitarle dramatismo político a una semifinal que ya viene cargada de energía histórica.
Pero Argentina-Inglaterra nunca es solamente un partido de fútbol. No para nosotros.
Están las Islas Malvinas. Esas que Inglaterra le quito a la Argentina, invasión mediante, en 1982. Está la herida. Está El Diego. Está México 86. Está la mano de Dios, revancha simbólica o pecado original, según el lado del océano donde se mire. Está el gol más hermoso de la historia de los Mundiales, ese en el que Maradona gambeteó ingleses como si estuviera escribiendo con la zurda una revancha bélica. Y está la canción que los hinchas argentinos hacen retumbar en cada uno de los estadios a modo de grito de guerra y detrás de la memoria: “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo... Argentina quiero verte Bicampeón”.
Scaloni puede decir que es solo fútbol. La gente sabe que no. Y quizás ahí Argentina tenga otro plus. No desde el odio. No desde la violencia. No desde la confusión entre deporte y guerra. Sino desde esa energía emocional que aparece cuando una camiseta convoca algo más que once jugadores. Argentina no juega contra Inglaterra para reparar la historia. La historia no se repara con goles. Pero sí juega con todo eso adentro. Con una memoria que no se grita todo el tiempo, pero late. Y si algo sabe hacer esta Selección es jugar con lo que late. Jugar con el corazón.
A la Argentina la ayudan, entonces.
La ayudan sus barrios. Sus clubes. Sus potreros reales y sus potreros imaginarios. La ayudan sus dificultades, aunque duela admitirlo. La ayuda Messi, claro, pero también la ayuda el grupo que decidió protegerlo cuando ya no podía salvarlos solo. La ayuda Scaloni, que entendió que dirigir Argentina no es ordenar piezas sino administrar emociones. La ayudan, sobre todo, casi 47 millones de personas que se reconocen en ese equipo no porque juegue perfecto, sino porque se parece a ellas: cae, duda, sufre, se levanta y sigue.
Por eso está donde está. No por conspiración. Por carácter. Por historia. Por barrio. Por esa rara mezcla argentina de talento y herida, de desorden y coraje, de fútbol y supervivencia. A la Argentina la ayudan. Sí…
La ayudan todas las cosas que tuvo que aprender cuando nadie la ayudaba.
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