Las deportistas en el mundo al revés

Nuestro deporte femenino pasa por uno de los mejores momentos de su historia. Desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012, las mujeres han salvado los muebles de la delegación española consiguiendo más metales que sus compañeros. En baloncesto, waterpolo, rugby —España se proclamó recientemente campeona de Europa—, o la selección de fútbol que hace escasos días ganó la Copa Chipre. Las deportistas de este país brillan con nombre propio.

Y sin embargo, el deporte también tiene la asignatura pendiente de la igualdad de género. La precariedad material, mediática y en el marco regulatorio elevan los éxitos de nuestras atletas a auténticas heroicidades, esos obstáculos deberían sonrojarnos como país. Las deportistas siguen teniendo una peor financiación de base, que se añade a la incapacidad para gestionar directamente las ayudas ofrecidas por los programas públicos, dado que siguen siendo las federaciones o los clubes en los que se integran, mayoritariamente masculinos, quienes 'tutelan' estas subvenciones conllevando una merma de estas ayudas que pocas veces llegan íntegras a sus legítimas receptoras. A ello hay que sumarle las dificultades para conseguir espacios adecuados donde entrenar o que sistemáticamente tengan que ser ellas las que obtengan los peores horarios.

También, las mujeres habitualmente están invisibilizadas en los medios. Por cada minuto de deporte femenino que se emite televisión hay 19 de masculino. Y el escaso tiempo a menudo se invierte en frivolizar sobre los cuerpos, vestimenta o vida privada de las atletas. El actual marco regulatorio de los deportistas profesionales, sin ser reformado por décadas, no hace mención alguna al concepto de género e igualdad en esta actividad profesional. Lo que fomenta la inexistencia de ligas profesionales femeninas, falta de convenios colectivos, y la escasa cotización a la Seguridad Social. E incluso permite la inclusión explícita o encubierta de las cláusulas de suspensión en caso de embarazo, las cuales han proliferado en los últimos años.

La regulación causó por ejemplo que las jugadoras del Rayo Vallecano —en un proceso concursal en el año 2011— no pudieran acudir directamente a negociar la situación de impagos como así hicieron los futbolistas del equipo masculino. Al no reconocerse su estatus profesional, tuvieron que demostrar que efectivamente habían ejercido como futbolistas. No les bastaba a las instituciones españolas su dedicación a jornada completa, ni los recientes tres campeonatos de liga consecutivos. Para las instituciones no dejaban de ser amateurs con escasos derechos.

Las jugadoras del Athletic Club, a su llegada al Ayuntamiento de Bilbao tras ganar la Liga femenina de fútbol. No hubo Gabarra. EFE/Javier Zorrilla

La yudoca Ana Carrascosa tuvo que abandonar España para conseguir tener un contrato y obtener la relevancia merecida. Lo hizo, tras ser 20 años de deportista de alto rendimiento: no habían cotizado por ella ni un solo día.

La regatista Blanca Manchón, tras quedarse embarazada, le denegaron la renovación de sus patrocinios. Finalmente, tras poner dinero de su bolsillo y participar con una vela prestada… fue de nuevo campeona.

La regulación y la voluntad de presidentes de las federaciones y de los clubes no frenan la discriminación. ¿Por qué muchos eventos deportivos continúan otorgando premios diferentes en función del género? ¿Cómo es posible que el Real Madrid no tenga equipos femeninos en las diversas modalidades donde sí compiten sus formaciones de hombres; o que al Athletic Club femenino se negara a sacar la Gabarra cuando sus futbolistas fueron campeonas de Liga?

Todo ello debería llamar a una profunda reflexión a la sociedad española, y de las que no se escapan la diferencia salarial, ni la cosificación de mujeres en los eventos deportivos. Realidades tristemente normalizadas en España.

Las consecuencias

Frente al 59,8% de hombres practicantes de deporte hay 47,5% de mujeres. Buena parte de las chicas dejan el deporte en su adolescencia. Todo pese a haber consenso sobre la necesidad de reducir el sedentarismo y la obesidad, impulsar la práctica regular de ejercicio físico y/o deporte, y la importancia de adquirir estos hábitos en edades tempranas. Las connotaciones sociales, la ausencia de referentes mediáticos o la falta de expectativas no ayudan. Solo el 5% de las futbolistas de la máxima categoría española tiene un contrato regularizado y solo tres mujeres se encuentran al frente de las 60 federaciones deportivas de nuestro país.

Diagnosticado el problema, también afloran las buenas noticias que nos pueden servir de inspiración. Hay motivos para la esperanza: el anuncio de que cada vez más eventos deportivos de que renuncian a la utilización de azafatas como mujeres florero al lado de los deportistas, la incorporación de las españolas en la AFE, o fuera de nuestras fronteras la iniciativa de los jugadores daneses de bajarse el sueldo a la mitad para igualar los emolumentos con la selección femenina. Iniciativas y una relevancia del deporte femenino lograda gracias a la presión y el trabajo de muchas deportistas, equipos femeninos así como de muchas asociaciones de mujeres en el deporte.

Queda mucho por hacer.

Miguel Ardanuy es diputado de la Comunidad de Madrid, responsable de deporte, educación y participación, por Podemos.

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