A Mateu Lahoz le gusta diferenciarse

Como a casi todos, en principio no me desagradó el modo de arbitrar de Mateu Lahoz, un poco al modelo inglés. Dejando jugar, manga más ancha para el juego bravo, interrumpía poco el juego, parecía menos puñetero que otros, si se me permite la palabra. Pero, como también le ha pasado a más gente, me ha acabado por desagradar. Ha exagerado en su modelo, no pita cosas que se deben pitar y creo percibir en él un afán de notoriedad. Le gusta ser distinto y sobreactúa con frecuencia. Mucho toqueteo y compadreo con los jugadores, por ejemplo. Pasa del diálogo conveniente a un modo expresivo personal que rechina.

El primer árbitro devoto de su propia imagen fue Guruceta. Eso le hizo popular, pero le traicionó más de una vez. Por ejemplo, en el célebre penalti fuera del área. Cualquier árbitro razonable al que le cae un Barça-Madrid espera que no haya penalti en el área del Barça. Guruceta no era de esos. Le gustaba hacer notar su atrevimiento, y en aquel célebre caso creyó ver penalti en lo que fue una falta fuera del área. El escándalo fue mayúsculo. También se distinguió expulsando una vez a Rojo en San Mamés, con lo que demostró que no le intimidaba nada. Otra vez incluso se permitió expulsar a Gárate, aquel santo varón, por una queja menor.

El Barça llevaba dos años sin penalti en contra en LaLiga. Mirado en detalle, no es un récord ni es tan raro, porque en su área se juega poco. Pero algunos se habrán escapado, desde luego. El caso es que apareció Mateu Lahoz y se cruzó en el debate con un penalti que Valverde calificó con finura de ‘invisible’. Antes se le había ido una mano de expulsión de Chichizola, o bien es que le gusta interpretar esas cosas al revés que los demás. Vivimos un arbitraje con dos criterios, el de la mayoría y el de Mateu Lahoz, que resulta inextricable. Lo peor es que le van a mandar al Mundial, así que los jóvenes aspirantes le van a tomar como modelo.