Últimos treinta días para decirle adiós al Vicente Calderón

ATLÉTICO DE MADRID

Últimos treinta días para decirle adiós al Vicente Calderón

El tour por el estadio cerrará día 30. Su gran novedad de este verano, lanzar/detener un penalti, arrasa: lleva 1.500. AS lanzará el 1.501.

Madrid

Afuera, 30º grados de sol caen sobre el asfalto de la M-30. Adentro, en el Calderón, aún hay vida aunque nunca más partidos. La habrá durante un mes: el telón que más pesa de verdad es ese que bajará el 30 de septiembre. Ese que dice “fin a las visitas guiadas”, “fin al tour del Calderón”, “fin al museo”, “fin, fin”. En la fila, el goteo de personas es incesante. Una familia, una pareja, unos amigos, otra pareja, carrito de bebé. Algo empuja más allá de la última foto. Es una novedad de este verano.

Además del tour, la visita al estadio, recorrer la grada, el banquillo, el sitio de Simeone, el vestuario, el túnel al césped y la sala de prensa, además de eso, hay algo que no se puede vivir en ningún otro estadio del mundo y aquí sí: la posibilidad de tirar un penalti, de marcar un gol. En el Calderón es en la portería del fondo sur; resulta fácil imaginar cómo lo celebraría.

Afuera, 30º grados. Adentro, AS hace cola. Por delante el tour, tantos recuerdos, todos. Por delante, ese penalti. Lo primero es el museo, y los balones, de aquellos de los 60 que dejaban chichones al golpear de cabeza al último de Liga que rodó en el Calderón.

Instrucciones

Después vienen los carnés (ese de Alfredo Landa, el de Míchel). Y también una placa, esa que cuenta un comienzo, la de este museo: octubre de 2006. Su director desde siempre ha sido Ángel Gómez. En el último año ha sido un cincuenta por ciento lo que ha visto incrementado la demanda por hacer el tour del Calderón. No ha descendido en verano. Cada día que pasa es el último para muchos. Muchos como Raúl y Gerardo, de Castellón. Son las 12:23, sexta pareja en tirar el penalti del turno de las 12:00 (hay también a las 13:00, a las 17:00 y a las 18:00).

Todos esperan ordenados, tras una cuerda, sin pisar el césped. Se oyen las instrucciones de Jorge, trabajador del club, cicerone: “Se debe pasar de dos en dos. Uno tira, otro, portero. Hay guantes para niños y mayores. Dos disparos. ¡Que nadie se vaya a casa sin hacer un gol en el Calderón!”. El primero de hoy había sido un niño, Iker, cinco años, con el nombre de Griezmann a la espalda. Posa el balón en un punto más cerca, a seis metros, y dispara. Bajo la portería Rubén Adán, ocho años, no lo para. Iker celebra como el francés: moviendo manos y pulgares, fiesta. Se cambian los puestos. Rubén le devuelve el golpe. 1-1. “Siguienteee”.

Quienes han llegado hasta ahí comenzaron su recorrido en la oscuridad del párking, tras el museo, el cielo recortado al final de las escaleras del Vomitorio 10. Continúan por la grada lateral, el fondo norte, el banquillo del Atleti, el izquierdo. Todos bordean el escudo pintado en la hierba, nadie lo pisa. Si alguien va a hacerlo otro recuerda. “Ese escudo no se pisa”, con voz de Luis Aragonés. Y no se pisa, claro. Lo siguiente es el vestuario. Ya no hay vinilos con los nombres de los jugadores. Ya no se puede saber dónde se sentaba Gabi, dónde lo hacía Torres. Aunque sí qué veían cuando saltaban al césped. Son esas fotos. Las del túnel. Gárate, Adelardo o Kiko, Gabi con Neptuno.

El penalti

Al fondo del vestuario, todas las puertas abiertas, se recorta la sala de prensa. Y allá se dirigen todos los pies, se apuran las baterías de los móviles: ésta es, con la del penalti, la foto que todos quieren tener. Sentados en la sala de prensa, allá donde lo hacía Simeone.

Gerardo y Rubén, los de Castellón, ya han llegado a este punto, el penúltimo antes del regreso al párking y la salida por la tienda. Todavía, en sus bocas está ese momento, el del penalti. Gerardo fue el primero que se puso bajo palos, Rubén quien le lanzó un balón que se coló por la escuadra, imparable, tras golpear en el larguero. Gerardo batalló pero no fue lo mismo: por el centro, fácil. Rubén valora la posibilidad que el Atleti te da en este tour: “Lanzar un penalti...; eso no lo hace ningún otro”. Para Gerardo es especial sólo por pisar la hierba de sus ídolos. “Hemos venido ahora, casi al final, porque quería contar a mis hijos, mis nietos, que fui de los últimos en hacer un gol en el Calderón”.

Después de los suyos, justo, es el turno de AS y yo no he tirado un penalti en mi vida. Si lo hago, lo meto, será el número 1.501 que este verano se vive en el viejo estadio, el Calderón.

Aquel día que lancé un penalti en el Calderón... Lo duro fue pararlo

No. No he tirado un penalti antes. Jamás. Me han aconsejado, eso sí, antes de enfrentarme a éste. “Tú pégale con el interior y fuerte: mejor que vaya alto que no llegue”. Jorge, el guía, el cicerone de antes, se pone los guantes. En una vida anterior, me cuenta, fue portero. Más nervios. Miro alrededor, el estadio vacío y, sin embargo, lleno de mis recuerdos. Mi sitio de prensa, escalón 167 de Preferencia, la hierba infinita, el fondo sur. Miro y golpeo. Interior, fuerte. Jorge se deja. Gol.

Se me pasa El Arquero por la cabeza. El Arquero y Kiko. El Arquero y Torres. El Arquero y este fondo. Yo no puedo hacerlo tras un penalti tan birria, aunque haya entrado. Miro a la cámara de AStv. “El Atleti puede contar conmigo para una tanda”, bromeo. Mejor que nadie el Calderón sabe cuánto costaron los penaltis en su última temporada de fútbol. Ocho de catorce errados. Cinco dentro. Ahora me toca ponerme los guantesAhora mismo Oblak soy yo, ahora mismo yo estoy bajo palos. La portería que antes me parecía, bueno, más bien pequeña, para qué negarlo, y eso que yo mido un 1,60 corto, ahora la siento fauce gigante blanca.

Y yo estoy en el medio. Y Jorge, ese que hace dos minutos era un amigo, ahora me mira desde los once metros, con el instinto de un delantero preparado. Lo voy a parar, me digo. Soy Oblak, soy Moyá, soy Courtois, soy De Gea, me intento animar, preparando mi salto, mi parada... Es imposible. Mi cabeza no ha terminado de ir de la “S” a la “o” del Soy, y Jorge ya ha tirado, ha marcado y ha celebrado. Así, tan rápido pasa. Me hace pensar en aquella canción de Extremoduro. Como la ola que surge del último suspiro de un segundo. Visto y no visto.

Miro a mi alrededor: marcar fue fácil (bueno, porque mi portero se dejó), pero siempre podré contar que yo marqué, ¡yo!, el penalti 1.501 del último verano del Calderón. Ese que entró justo antes de lo difícil, intentar parar el 1.502, ese que me marcaron a mí en este día de 30º grados en Madrid, 30 antes de que el tour del Calderón se termine, de que nadie más pueda lanzar uno. Y tampoco pararlo.

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