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El problema del Sevilla con los ultras

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La jornada europea nos ha dejado un episodio insólito de barbarie en Sevilla. Ya saben: unos diez hinchas de la Juve estaban cenando la víspera del partido en un bar próximo al Puente de Triana y fueron detectados por ultras del Sevilla, que irrumpieron allí, convenientemente equipados y les atacaron sin más. Destrozos, heridos, vergüenza para la ciudad, para el equipo, para todo nuestro país y para el fútbol en general. No fue una pelea de ultras, distingamos. Fue el asalto de unos ultras a unos aficionados del equipo forastero, estudiantes de Erasmus o turistas accidentales, que cenaban pacíficamente en una ciudad amable.

No eran el Sevilla, pero eran del Sevilla y son, ante todo, su problema. No eran el Sevilla, y eso queda probado en el hecho de que, ya durante el partido, el sevillismo, en su gran mayoría, dedicó una gran ovación a la grada en la que estaban los hinchas de la Juve, ovación a la que estos correspondieron. Y cuando en algún momento los bárbaros de la zona ultra intentaron entonar cánticos contra los italianos, el resto del estadio abucheó las intentonas, haciéndolas inaudibles. La gran mayoría de la gente que va a ese campo, como a otros campos, como a cualquier lugar, es gente decente, que sólo quiere relacionarse, distraerse y vivir en paz.

Pero el Sevilla tiene un problema: sus ultras (pasa en algún equipo más) no han suscrito el pacto moral instado desde LaLiga desde que el caso ‘Jimmy’ permitió poner en marcha una especie de ‘Espíritu de Ermua’. Allí se han resistido. El Sevilla, ejemplar en tantos sentidos, tiene con ellos un problema que no ha sabido resolver, cosa que otros clubes, mal que bien, sí han resuelto. Quizá en el Sevilla el problema fuera más grave. Posiblemente necesite el apoyo de todos, medios, Policía, LaLiga y demás. Pero el mayor esfuerzo ha de salir del propio club, porque a él afecta más que a nadie el problema, y porque sin su esfuerzo no habrá solución.