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Nada peor que la parodia

Nada peor que la parodia

Se sabe que, entre otras cosas, el fútbol es una expresión de personalidad, más aún en el máximo nivel competitivo, cuando apenas existen distancias entre los equipos. Es entonces cuando las convicciones cobran toda su importancia, o cuando la falta de verdadero compromiso convierte a un equipo en una parodia. Durante casi una hora, España fue en Wembley una parodia de la Selección que entusiasmó frente a Bélgica y dio una lección a Italia en la primera parte.

El partido tenía miga, porque nunca se puede hablar de amistosos cuando los rivales son Inglaterra, Brasil, Argentina, Alemania, Francia o Italia. Son duelos que alientan la imaginación y las expectativas de los aficionados, partidos que se miran con lupa en todo el mundo. Con razón. Por encima de las clasificaciones oficiales de la FIFA, por encima de las estadísticas, son estos encuentros los que indican el valor real de las selecciones, sus cualidades y sus defectos, el potencial para progresar y las dudas que generan.

España dejó muchas más dudas que certezas porque jugó como un equipo tristón, decaído, sin energía ni entereza. Sin estilo. Hasta en ese apartado fue una parodia del equipo que asombraba por su facilidad para abatir a sus rivales a través del pase. Estilo significa defender tu causa como si te fuera la vida en ello, que es exactamente todo lo contrario de lo que hizo la Selección española frente a Inglaterra.

Si la causa de España es la asociación corta, la posesión larga y la constante erosión de los adversarios, ésta no fue su noche. Ni tan siquiera lo pretendió. Fue superada durante demasiado tiempo por un rival poco relevante, pero convencido de su plan. Inglaterra jugó como se esperaba, con aspereza, atención a los detalles y voluntad de ganar. A los ingleses les pareció que el encuentro merecía el esfuerzo de las noches de prestigio. Se observó hasta en la alineación inicial, donde figuraron 10 de los titulares del equipo que derrotó a Escocia cuatro días antes.

No hubo nada especial en el despliegue inglés, excepto la saludable fiereza que tanto agradeció su hinchada. Pero todo eso ya se sabía antes del partido. No se sabía, sin embargo, la decepcionante respuesta de España, cuya atonía remitió a tiempos muy lejanos, cuando la Selección apenas tenía nada que decir en el concierto internacional. Fue un equipo sin personalidad, despistado, incoherente y comodón.

No ayudó un sistema mal digerido por la mayoría de los jugadores, ni los constantes errores en el pase, ni el desajuste entre las líneas, ni la falta de vocación ofensiva, ni las distracciones defensivas. Esas lacras se asumen mal siempre, pero son deplorables cuando se transmite algo parecido a la desidia. España tardó casi una hora en rescatar su prestigio, no porque jugara especialmente bien, sino por una simple cuestión de orgullo. Cuando funcionó con personalidad, con la convicción que le había faltado, redujo tanto la resistencia inglesa que empató el encuentro. Con toda justicia, por cierto.

Se equivocaron quienes consideraron que el partido con Inglaterra era un amistoso sin relevancia después de la victoria sobre Macedonia. Wembley dejará consecuencias en el próximo futuro, quizá en todo el recorrido hacia el Mundial. Lopetegui sabe perfectamente que España no está para concesiones de esta clase. O el equipo recobra la fiebre, o la decadencia será inevitable. No se puede jugar como burgueses satisfechos. No se puede jugar como Thiago y compañía en Wembley.

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