Prestigio y pragmatismo

España derrotó a Macedonia y cumplió con el deseo del entrenador y los jugadores. Mañana jugará en Wembley y se medirá con las expectativas de los aficionados, que sueñan con una fenomenal actuación, la clase de partido que prestigia a los grandes equipos y le colocan a la vanguardia del fútbol mundial. Son dos perspectivas distintas, pero habituales: el necesario pragmatismo y la felicidad que producen los equipos en su plenitud. Es la razón que convierte en importante el duelo con Inglaterra. La Selección necesita recuperar la autoridad que comenzó a perder en el Mundial de Brasil.

Es cierto que Inglaterra tiene mejor reputación que resultados. Logró su último éxito hace medio siglo, en el Mundial que se disputó en su casa, una ventaja que también colaboró en su acceso a las semifinales de la Eurocopa 96. Perdió ante Alemania en la tanda de penaltis y desde entonces ha fracasado en los grandes torneos. Es un triste bagaje para el fútbol más publicitado del mundo, el único que no pierde prestigio cuando la realidad desmiente al mito.

A Lopetegui le preocupaba más el encuentro con Macedonia. Aunque la carrera del Mundial es larga, las distancias serán cortas al final. A estas alturas, España ha logrado tres victorias y un empate, un balance más que bueno que no le ha servido para separarse de Italia ni de Israel, tercera del grupo a un punto de la Selección. Cualquier resbalón tiene graves consecuencias, problema que España evitó en unas circunstancias bastante complicadas. Lopetegui tuvo que armar una defensa inédita –Carvajal, Bartra, Nacho y Monreal- en una alineación donde faltaban Piqué, Sergio Ramos, Iniesta y Jordi Alba. Es decir, tres campeones del mundo y el lateral izquierdo del equipo que ganó la Eurocopa 2012.

En estas circunstancias era difícil esperar una exhibición, menos aún en un partido clasificatorio, con un rival todavía ilusionado con la posibilidad de reengancharse en el grupo.

Macedonia hizo lo más frecuente: se defendió en su campo con una montonera de jugadores y esperó algún error de España, que concedió tres ocasiones. En las tres se advirtieron los reflejos de De Gea entre los palos. Convendría que mejorara sus habilidades un poco más lejos.

El mayor problema de la defensa fue la incomunicación con el portero. Dos sencillos pelotazos por detrás de los centrales españoles generaron situaciones de riesgo. Bartra se apuró y entregó la pelota a un delantero macedonio porque De Gea estaba demasiado retrasado. Otra jugada parecida –recordó a la del de Suiza contra España en el Mundial 2010- estuvo a punto de producir un choque entre el portero y el central. Es un aspecto esencial del juego que Lopetegui deberá de trabajar en los próximos meses. Dos virtudes de España presidieron el encuentro: la paciencia, decisiva cuando los puntos cuentan, y el orden. Le faltó algo más de creatividad y de precisión rematadora. O de remate, a veces en el área pequeña, con el tiro hecho. Con las ausencias conocidas, el equipo está más que perfilado, con las acostumbradas incógnitas en el centro de la delantera y las contradictorias señales que envían Koke y, sobre todo, Thiago. Tienen dos años por delante para mejorar su impacto en el juego y ganarse la autoridad que todavía no acaban de demostrar.

Estas dudas son las que pueden comenzar a despejarse en Wembley. El escenario es relativamente nuevo, pero ya ha adquirido el toque mítico que tan bien saben alimentar los ingleses. Ganar en Londres siempre da prestigio. Jugar a lo grande añade algo más: es el mensaje que los aficionados esperan de un equipo que necesita recuperar la autoridad perdida.