Déjà vu en Mendizorroza

El Madrid salió en Mendizorroza a la caza del gol, modalidad en la que siempre se ha distinguido. Le sobran cañoneros. El juego fue poca cosa, ni fu, ni fa, en el mejor de los casos. Es una asignatura que le queda pendiente desde los primeros partidos. Irrumpió en la Liga con estilo y goles. En Anoeta alimentó expectativas que ha cumplido más con los resultados que con el puro fútbol.

Cristiano Ronaldo concretó la caza con tres goles, la cosecha que necesitaba para sentirse feliz. Sin goles, se amarga. Es una relación que va mucho más allá de los rematadores con su profesión. A Cristiano le obsesiona el gol y no lo oculta. En términos clínicos sería una patología. En cuestiones futbolísticas es una bendición, el motor que jamás se detiene en la carrera de un delantero que siempre hará goles. Dormido, también.

Cristiano ha abandonado casi toda su influencia en el juego. Nunca fue un estratega, pero su apoteósica energía le servía para ganar partidos desde zonas que ahora le resultan prohibitivas. Ahora casi todo resulta más ortodoxo en el Real Madrid. Los centrocampistas imaginan y los delanteros atacan. Sólo Marcelo se sale del guion, y al equipo le conviene.

Reubicado como delantero, cada vez más cerca de las posiciones naturales del delantero centro, Cristiano se las ingeniará para que su producción no decrezca. Depende más que nunca de la ayuda del equipo, pero a cambio marcará más goles que nadie. Se hablaba de la crisis de Cristiano y nadie reparaba en las cifras de Bale y Benzema, que están lejos de los registros que se espera de ellos.

Cualquiera que sea su condición y su estado de ánimo, Cristiano es la mejor garantía de eficacia en un equipo que sufre problemas de armonía en el juego. El delantero portugués marcó goles a la antigua, es decir, los que tantas veces concedían la victoria al Madrid en actuaciones de medio pelo.

La otra figura solía ser el portero. Algo de eso ocurrió el pasado sábado en Vitoria, donde Keylor Navas recordó al portero de la temporada pasada. Leyó perfectamente una excelente jugada de Camarasa y le achicó tanto la portería que el centrocampista del Alavés se deprimió en el tiro.

El madridismo conoce muy bien esos momentos de la temporada donde el Madrid se entrega en brazos de Cristiano y los porteros. Se festejan las victorias, pero se sospecha del equipo. Por ahora hay coartadas. Las ausencias de Modric y Casemiro han recortado la creatividad y la firmeza del Madrid, que ahora es bastante permisivo en el aspecto defensivo. No lo mejora Danilo. Juega con la timidez de sus primeros días como titular. El joven Theo le arrasó en el primer tiempo de Mendizorroza.

Las certezas goleadoras que siempre acompañan a Cristiano ocultaron dos rutinas del Madrid. Una se ha repetido toda la temporada: Morata, Lucas Vázquez y Nacho funcionan, pero sólo figuran como titulares en los partidos sencillos o en las operaciones de rescate. Suelen ser intachables en su trabajo (Morata anotó un exquisito gol en Vitoria) pero les faltan galones. Más pronto que tarde, los exigirá el Bernabéu.

La otra rutina del Real Madrid es de carácter administrativo. En Mendizorroza impidió la alineación de Marcos Llorente, cedido al Alavés en el pasado verano. Es una decisión inconveniente desde todos los puntos de vista. Priva ejercer su profesión a un profesional, algo que la Liga de Fútbol Profesional no debería tolerar, y traslada la idea de miedo al buen rendimiento del jugador cedido. Eso no es propio de un club como el Real Madrid.

En realidad, son esta clase de partidos los que sirven para medir la verdadera estatura futbolística de jóvenes como Marcos Llorente. El Madrid perdió la oportunidad de contrastarlo en un duelo de la máxima exigencia. Si algo debería sentir el club es orgullo por la progresión de su jugador, nunca miedo por el buen partido que podría realizar.