La tentación del talento más la edad

Griezmann se reescribe semana a semana. Siempre para mejor. Añade cada día un recurso a su repertorio, se inventa un lujo distinto, enseña algo nuevo. Aprende, mejora, no deja de crecer. Y el techo no se le divisa. Porque su talento se estira y abarca. Lo mismo asoma en el pie izquierdo que en la cabeza, igual surge a la hora de un control que de un remate, aparece indistintamente a través de un centro enroscado que con un pase de tacón por el medio de la defensa.

Es buenísimo y a estas horas sólo es posible discutir su lugar en el escalafón. Pese al equipo que lo exhibe (variable incómoda para la propaganda y la mercadotecnia) salió condecorado como mejor jugador de la Eurocopa y segundo de la UEFA. Progresa rozando el palo del Balón de Oro, ese cetro prohibido e intocable, tan cosa de dos. Frente a la competencia, Griezmann tiene la edad de su lado. 25 años, tres menos que el Kun, cuatro que Messi, seis que Cristiano, nueve que Ibrahimovic. Una distancia suficiente (ahora que ya incluso discute codo con codo) como para proclamarlo el genio que viene. Y eso lo vuelve demasiado apetecible. Sea cual sea su agente.