El misterio de Mas de la Costa

Primero fue Ézaro; luego, La Camperona; ahora, Mas de la Costa, en Castellón. El tercer santuario que la Vuelta descubre a los aficionados al ciclismo. Un auténtico infierno. Se eleva hacia el cielo desde las empinadas calles de Llucena del Cid, y poco después se suceden sin descanso rampas colosales. Alguna excede el 20%; ninguna baja del 10%. ¿Y qué pasó? Nada a efectos de la clasificación general para quienes disputan el podio. No es que llegaran de la mano, pero no hubo la más mínima diferencia entre Quintana, Froome, Chaves y Contador. ¡Asombroso! Ya resulta difícil que los cuatro se encuentren con las fuerzas idénticas a estas alturas de la carrera, pero más aún que la igualdad se mantenga en esos cuatro kilómetros de espanto.

Y eso que el recorrido tenía un punto de dureza. Precioso, con sus puertecitos, endemoniadas curvas y continuos subes y bajas. Más duro, desde luego, que las etapas que terminaron tanto en Ézaro como en La Camperona. El pelotón, esta vez, tampoco se lo tomó con calma. Permitió la escapada, pero rodó rápido. Se daban todas las circunstancias para que hubiera al menos sobresaltos en la subida a Mas de la Costa, pero ni eso. Un ataque de Contador, ciertos problemas de Froome y poco más. Un santuario inédito en la Vuelta, que quedó inédito. Nadie puso a prueba lo que puede ser capaz. Estaba ahí para romper el orden establecido y no pasó nada. Un misterio. Tres santuarios imponentes en una misma Vuelta y ninguno ha roto la carrera.