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El inconformista de Invernalia

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Javier Clemente acuñó hace años uno de sus impagables términos para definir un cierto tipo de personaje, un cierto tipo de fútbol y una cierta mirada sobre la vida. “Oye, que yo soy del Norte Norte”, declaró, sin entender que acababa de alumbrar una categoría mítica. El Norte Norte es al fútbol lo que Invernalia a Juego de Tronos. Se supone que habita un tipo de gente y un tipo de fútbol que no se anda con tonterías: frío, ferocidad y embestida. Lo interesante del Norte Norte de Clemente es que debe existir como oposición al Sur Sur, aunque de ese extremo geográfico, futbolístico y existencial no habló, probablemente porque no es de su agrado. Así las cosas, parece imposible la conexión Invernalia-Sur Sur. Y sin embargo, existe. El Las Palmas vive sus mejores tiempos desde los años 80 con un entrenador que se curtió en la playa de El Sardinero.

Si hablamos del Supernorte, ahí se encuentra Santander, con sus playas, sus lluvias y el viejo Sardinero, donde el barro mortificaba a los equipos sureños. Y si hablamos de Santander hay que referirse a Quique Setién, el jugador que alimentó los mejores sueños de la afición del Racing. Como futbolística era cantábrico, pero estaba en las antípodas de la generalización que hacía Clemente del fútbol del norte. No fue, ni mucho menos, el único que se saltó el tópico del futbolista abnegado, aguerrido y tosco, pero sí fue uno de los que más defendió una idea del juego que no resultaba fácil de digerir en los años de la furia y todo eso.

Quique fue un gran pensante, un 10 clásico que no toleraba la demagogia. Jugaba con finura y seriedad. Marcaba la cuota de goles que solía salvar al Racing del descenso o elevarle a la media tabla. Si hubiera nacido en Canarias, la gente habría considerado natural su estilo. En el Norte tuvo que luchar contra algunos críticos y muchos tópicos. Los aficionados de aquel tiempo le recuerdan como un gran jugador y un hombre de carácter.

Por escuela mereció pertenecer a la siguiente generación, la que ha procurado a gente como Guardiola y compañía. Estaría perfectamente con ellos, sería uno de los principales representantes del modelo de juego que tanto ha hecho por el fútbol español. Cuando ingresó en el cuerpo de entrenadores, Setién estuvo a la altura de su reputación como jugador. Sus equipos jugaban bien, pero con un problema: nunca tuvo la oportunidad de disponer de plantillas notables.

Ahora se hace raro pensar que Quique Setién —Racing, Poli Ejido, Guinea Ecuatorial, Logroñés, Lugo— no dirigió a un equipo de Primera División hasta finales del pasado año, cuando ya había cumplido 57 años. Sustituyó a Paco Herrera en el Las Palmas, en medio de los peores vaticinios. Debutó en la visita al Bernabéu, el peor lugar posible para una reacción. Poco después, el Las Palmas empezó a escalar con victorias y un juego que poco a poco comenzó a remitir al de los años dorados, los de Guedes, Germán y Tonono en los años 60.

Aquel Las Palmas fue una isla brasileña en la farragosa década de los 60. Era mucho más que fútbol del Sur. Era el sur criollo. El Sur Sur como contraposición al Norte Norte de Clemente. Nadie podía sospechar que un hombre del Cantábrico devolvería al equipo canario a la esencia de su estilo: vistoso, sutil y difícil de descifrar por sus rivales. Es lo grande del fútbol. Vive de tópicos que unos pocos se encargan de romper. Quique Setién es uno de ellos.

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