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Con ‘Schweini’ se va una era mientras la ‘Maldición Astana’ alcanza al Celtic

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Adiós a un tiempo. Pensar en Schweinsteiger hace que uno se sienta mayor. De repente, ocho años encima. Schweinsteiger. Es inevitable nombrarlo y que la cabeza no conecte, sola, con Luis Aragonés. Da igual lo que Schweini lograra con Alemania (Mundial de Brasil, por ejemplo), su historia con el Bayern o el United. Schweinsteiger siempre estará cosido a Luis y a aquella frase antes de la final de la Euro 2008, “el rubio, ese de nombre tan raro, si somos listos le echan otra vez...”, que fue el comienzo de una época, la de La Roja. Luis ya no está, ese tiempo pasó. Schweinsteiger tampoco volverá a jugar con Alemania. Lo dijo esta semana.

Elección. Forjado en el hielo y adicto al capuchino de Starbucks, Schweini fue esquiador antes que futbolista. Lo ha contado su hermano, Tobías: si un día en la pista perdía, no lloraba, sólo se echaba los esquís al hombro, subía de nuevo y volvía a retarles. Así hasta ganar. Con el fútbol era parecido. Sus padres, al principio, no le dejaban jugar. Bien, pues él cogía el balón por la noche, modificaba las farolas de su calle y, en el haz de luz proyectada, practicaba. A los 14 tuvo que elegir. Pelota o esquís. 17 años después el rubio de nombre raro se retira de su selección siendo historia del fútbol y haciéndonos, a todos, un poco más viejos.

Invictos. La maldición del Astana Arena continúa. Ningún equipo Champions es capaz de ganar allí, en Astana, esa ciudad mezcla Seseña-Las Vegas en el cofín de Europa, Kazajistán: lo que sigue en los mapas es China. Su estadio es su secreto. Hace un año, en las rondas previas, allí tropezaron Maribor, HJK y Apoel. Y Galatasaray, Benfica y Atleti en la fase de grupos. Quizá sea su techo, su aspecto de pabellón más que de campo de fútbol, el ruido insoportable de sus matracas o sus bares, donde no hay cerveza o bocadillos. Allí sólo se sirven zumos de pera, té y cruasanes fríos. En esta tercera ronda previa de Champions, el miércoles, fue al Celtic al que se le cayó su techo encima: no pasó del 1-1. Sólo una cosa, ya, podría salvarle de la maldición del Astana Arena: que la vuelta es en Escocia.

Fútbol literario. Pelota de papel es un libro que difumina la frontera entre literatura y fútbol. Son cuentos escritos por 24 futbolistas. De Aimar a Gustavo López, de Sampaoli a Mascherano, todos trasladan al papel sensaciones, anécdotas. El libro huele a césped, emociona, y para entretener el verano mientras se espera a la Liga no puede haber mejor receta que sus páginas. Ninguno de sus autores debió elegir entre nieve y balón, pero en algo coinciden con el rubio de nombre raro: todos son historia del fútbol.

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