MUNDIAL 2026

Viejo, Argentina otra vez finalista

Messi, Scaloni y toda la Selección lo volvieron a hacer y fue ante los ingleses. Un rival que sabe diferente. Negrito, te cuento esta hazaña que te hubiese fascinado vivir.

ATLANTA, GEORGIA - JULY 15: Lionel Messi #10 of Argentina celebrates with teammates after the 2-1 win during the FIFA World Cup 2026 Semi Final match between England and Argentina at Atlanta Stadium on July 15, 2026 in Atlanta, Georgia.   Elsa/Getty Images/AFP (Photo by ELSA / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / Getty Images via AFP)
GETTY IMAGES vía AFP
Sebastián Taján
Colaborador AS Colombia
Periodista argentino egresando de Deportea. Experiodista del Diario Olé en 2002. Productor de SportsCenter - ESPN. Especialista en tenis y fútbol, y Productor Ejecutivo de PEGSA Latam y Coordinador de Tea y Deportea Online
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Argentina se clasificó ayer para otra final del mundo. Una vez más. La tercera en los últimos cuatro Mundiales y hoy, por primera vez en mucho tiempo, no supe a quién llamar.

Eran las 8am en Buenos Aires, iba camino al trabajo y, casi por reflejo, agarré el teléfono. Porque durante 35 años, después de cada partido importante, cada final, cada hecho deportivo, político o personal que nos atravesaba, todo terminaba igual: en una llamada.

Vos de un lado. Yo del otro. A veces coincidíamos. Otras discutíamos. Pero siempre terminábamos aprendiendo algo. Esta vez no hubo respuesta. Entonces pensé que la única manera de comunicarme era escribiéndote.

Hola, Negrito... Argentina está otra vez en una final del mundo.

Le ganó a Inglaterra 2-1 en una semifinal de esas que no se explican únicamente por el resultado. Porque Argentina no sólo ganó: volvió a demostrar de qué está hecha. Volvió a mostrar que este equipo tiene coraje, sí, pero también jerarquía. Tiene corazón, claro, pero también fútbol. Tiene carácter, entrega, temple, pero, además, cada vez juega mejor. Cada vez se parece menos a un equipo que sobrevive y más a una Selección que sabe exactamente cómo competir. Ayer hubo equipo. Y hubo Messi. Tal vez su mejor versión

¿Te acordás de aquel asado con Tuqui? Tuqui es Andrés, mi hermano mayor. El más pensante y cerebral de los tres. El menos fanático, el que siempre ponía paños fríos cuando la discusión se iba de mambo. Estábamos los tres solos. Había vino, asado, fútbol y Messi, como casi siempre. Vos decías que tenías algunas dudas. No sobre su talento, porque eso jamás estuvo en discusión. Dudabas del tiempo. De la edad. De que un jugador de casi cuarenta años, después de varias temporadas en una liga menos competitiva como la MLS, pudiera llegar al Mundial con el ritmo suficiente para sostenerse contra los mejores del planeta.

Viejo... Tenías que verlo ayer. No hizo goles. Hizo algo todavía más difícil: gobernó el partido sin necesidad de gritarlo. A los 39 años, El 10 metió dos asistencias en una semifinal del mundo y ante Inglaterra. Diego, en el 86, les hizo 2 goles. Bueno, creeme que estas dos asistencias valen casi lo mismo. Una al minuto 85 y otra en el 92. Como si el tiempo fuera una formalidad. Como si el calendario no pudiera encontrarlo. Sigue siendo el goleador del Mundial. Va a jugar su tercera final en los últimos cuatro Mundiales. Y lo más increíble es que ya no necesita demostrar que es el mejor. Ahora se dedica a demostrar que la inteligencia también puede correr más rápido que las piernas.

Creo que te hubiera encantado analizar este Messi. Porque ya no gana por velocidad. Gana por lectura. Ya no rompe partidos con explosiones. Los rompe entendiéndolos antes que nadie. Ya no necesita hacer todo. Hace lo justo. Y en el fútbol, cuando uno tiene su inteligencia, lo justo puede ser devastador.

Pero ayer también fue otra consagración de Scaloni. Y acá vas a permitirme fanatizar un poco, aunque sé que me hubieras mirado de costado para decirme que yo pierdo objetividad demasiado rápido con la Selección. Pero no, Negrito. Te juro que esto es otra cosa: El Gringo ya no es solamente un buen entrenador. Es un alquimista.

Transformó un grupo de futbolistas en una comunidad emocional. Consiguió algo que el fútbol moderno persigue desesperadamente y casi nunca encuentra: que el ego trabaje para el nosotros. Que la estrella no se sienta menos estrella por servir al grupo. Que el suplente no se sienta menos importante por esperar. Que el joven no entre con miedo y que el veterano no juegue con nostalgia. Esa es su gran obra.

En la conferencia posterior al partido, el DT definió a sus jugadores con una imagen que le salió desde las vísceras. Dijo que eran como indios que se habían criado en situaciones extremas, que no le temían a nada. Y casi en la misma respiración los describió como chicos de siete u ocho años, jugando sin presión, jugando para divertirse, jugando para ser felices.

Ahí está la alquimia. El guerrero y el niño. Dos figuras que parecen opuestas, pero que en esta Selección conviven como si hubieran nacido juntas. El guerrero no se entrega. No se asusta. No negocia la adversidad. Va, mete, corre, choca, se levanta. El niño, en cambio, juega. Se equivoca y sigue. No calcula tanto. No mide cada pase como si fuera una sentencia. No se paraliza ante el juicio. Juega porque jugar todavía le produce alegría.

Scaloni logró juntar esas dos fuerzas. Y lo hizo también en la previa declarando que el partido era eso, solo eso: fútbol y nada más. ¡Cómo creerle!

Argentina-Inglaterra nunca es solo un partido de fútbol. Lo sabemos todos y vos, más que nadie. ¡Qué te la voy a contar a vos! Está Malvinas. Está Diego. Está México 86. Está la Mano de Dios. Está el Gol del Siglo. Está una herida histórica que no entra en una cancha, pero aparece alrededor de ella. Algunos creyeron que negaba la historia. Yo creo que estaba protegiendo a sus jugadores.

Si además de una semifinal del mundo, a la cancha entraban a jugar cuarenta años de memoria, dolor, guerra, canciones y cuentas simbólicas, las piernas iban a pesar demasiado. Scaloni necesitaba otra cosa. Jugadores livianos. Livianos de pies y de cabeza.

No sacó a Malvinas de la memoria de la gente. La sacó de las piernas de sus futbolistas. Eso también es liderazgo. Enzo empató. Lautaro ganó. Messi asistió. Scaloni ordenó. El grupo creyó. Eso fue Argentina. Y al final, una locura. Un descontrol de festejos desde Atlanta hasta Buenos Aires.

Y ahí, Viejo, vuelvo a vos... Creo que esta Selección te hubiera fascinado por eso. Porque no es solo un equipo que gana. Es un equipo que dice algo sobre nosotros. Sobre la manera argentina de resistir, de exagerar, de sufrir, de amar, de discutir, de levantarse. Sobre esa mezcla rara de talento y herida, de barro y belleza, de desorden y genialidad.

Hoy te extraño. No encontré tu voz. El domingo a las 16 de Argentina nos queda una final contra los españoles, Negrito. Ojalá, donde sea que estés, encuentres una buena pantalla. Yo, desde este lado, voy a mirar al cielo cuando termine el partido como quien hace una llamada y espera que, de alguna manera, alguien responda para decirme: “Messi y Scaloni lo hicieron de nuevo: somos Campeones del Mundo”.

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