Primero falló, después fue Messi
El Capitán argentino erró un penal y, por un instante, el mundo descansó.
No era el gol, no era Austria, no era la clasificación. Era él. El 10 de la Scaloneta, el hombre al que tantas veces vimos resolver lo imposible, acababa de fallar desde el lugar donde los grandes suelen confirmar su autoridad. Desde los doce pasos, y con todo servido, no acertó.
Y entonces… el silencio.
Y no ese que se siente en el estadio sino aquel incómodo que se escucha cuando una certeza se rompe. Cuando el que siempre tiene respuesta se queda, por un instante, sin explicación.
Messi miró al piso, se fastidió, tragó bronca. Pareció humano. No débil: humano. Es distinto, muy distinto…
Minuto 9. Argentina 0, Austria 0. Fue ahí que comenzó su verdadero partido.
La noche ante los europeos no hizo referencia a la perfección de Messi. Habló de algo más agudo: su capacidad para convivir con el error sin permitirle tomar el mando. La mayoría de los jugadores se apagan al fallar. Muchos se aceleran. Algunos empiezan a discutir consigo mismos. Messi no hizo nada de eso. Siguió pidiendo la pelota como quien pide la palabra después de haberse equivocado en público. Y cuando volvió a hablar, el partido enmudeció.
Ese fue el gesto más grande de la noche: no los goles, aunque estos hayan terminado contando la historia. No la estadística, aunque la frialdad de los números vuelva a ponerse de rodillas. El guiño más grande fue no esconderse. Volver al centro del juego. Aceptar la herida sin actuar como herido. Entender que un penal fallado puede torcer un partido pero no necesariamente vulnerar a un futbolista de su estirpe.
Y entonces el error dejó de ser un yerro para convertirse en otra página absurda de su autobiografía. El Capitán pifió primero y sentenció después. Como si necesitara manchar la hoja antes de firmarla. Como si esa obra audiovisual necesitase un contrapunto, un villano.
Para Colombia, para Sudamérica, para quienes miramos este Mundial desde una región que entiende el fútbol como una mezcla de talento, orgullo y carácter, la escena tiene un valor especial. Porque no vimos solamente a Messi hacer goles. Vimos al 10 atravesar el error. Luchar contra su propia mente. Y eso, en una Copa del Mundo, también es una forma de grandeza.
Primero falló, después fue Messi.
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