MUNDIAL 2026

Bielsa, el personaje se comió al entrenador

A Marcelo Bielsa no se lo discute: se lo interpreta. Y es allí donde el problema comienza...

ULISES RUIZ
Colaborador AS Colombia
Periodista argentino egresando de Deportea. Experiodista del Diario Olé en 2002. Productor de SportsCenter - ESPN. Especialista en tenis y fútbol, y Productor Ejecutivo de PEGSA Latam y Coordinador de Tea y Deportea Online
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El fútbol, que suele ser cruel con casi todos, con él ha desarrollado una excepción extraña. A otros entrenadores se los mide por títulos, puntos, clasificaciones, vueltas olímpicas. A Bielsa, muchas veces, se lo califica por la pureza de sus intenciones. Como si su derrota tuviese siempre una explicación superior. Como si perder, en su caso, pudiera ser también una forma de expresar una verdad absoluta.

Pero el Mundial no premia ideas. Premia respuestas. Y el DT, una vez más, se quedó sin ellas.

Convertir la eliminación de Uruguay en un resumen de partidos sería reducir el problema. Lo profundo no está en un empate con Arabia Saudita, ni en otro con Cabo Verde, y mucho menos en la derrota ante España. Eso apenas es la superficie. Es la cáscara. Lo verdaderamente importante es lo que esa eliminación vuelve a dejar al descubierto: el bielsismo funciona mejor como religión que como administración de la realidad.

El nacido en Rosario el 21 de julio de 1955, es mucho más que un entrenador. Es, per se, una doctrina. Una manera de entender el fútbol, el trabajo, el esfuerzo, la autoridad y el sacrificio. Es el hombre que convirtió la obsesión en método y el método en escuela. Inspiró a técnicos, modificó lenguajes, educó miradas (muchas veces sin mirar a esos ojos).

Hay entrenadores que ganaron más que él y serán olvidados antes. Bielsa, incluso perdiendo, deja huella. Ese es su poder. Y también su escudo.

Durante años, cada derrota encontró una defensa previa. Que sus equipos jugaron bien. Que fueron valientes. Que respetaron una idea. Que merecieron más. Que el resultado fue injusto. Que el fútbol le quedó debiendo. Puede ser. Pero llega un momento en que la acumulación de explicaciones empieza a parecerse demasiado a una coartada.

En mundiales, ese laboratorio emocional de máxima presión, el balance es incómodo. Con Argentina, en 2002, llegó como candidato y se fue en primera ronda. Con Chile, en 2010, mostró probablemente su mejor versión ecuménica, pero tampoco pasó de octavos. Con Uruguay, en 2026, volvió a irse en fase de grupos: 3 Copas del Mundo, 2 despedidas prematuras. Para un técnico venerado como maestro, la libreta mundialista no acompaña el mito.

Su fidelidad a la idea es admirable. Pero también puede ser una cárcel. El dogma ordena, pero también limita. Da identidad, pero a veces quita reacción. Convierte al equipo en una causa, aunque en determinados momentos el partido pida apenas una solución. Y el fútbol, sobre todo en una Copa del Mundo, no siempre premia al que cree más fuerte.

Uruguay parecía el lugar ideal para su último gran acto. Un país chico con alma gigante. Una selección históricamente educada en la resistencia. Una cultura futbolística donde correr, meter, sufrir y competir no son consignas de utilería, sino parte del ADN. Bielsa y Uruguay parecían destinados a meterse en la historia: la obsesión argentina con la épica oriental. La doctrina y la Garra Charrúa. Pero esa sociedad no alcanzó.

Y no alcanzó porque el fútbol no se emociona con las biografías. Uruguay tiene nombres, tiene historia, tiene carácter y tenía un entrenador de culto. Pero le faltó una respuesta competitiva a la altura de su propia tradición.

Bielsa merece respeto. Siempre. Sería mezquino negar lo que representa. Pero también sería cómodo seguir protegiéndolo de la única pregunta que realmente importa en la élite: ¿por qué sus ideas, tan admiradas, tantas veces se quedan cortas cuando el fútbol exige resultados?

Tal vez porque Bielsa, en el fondo, no dirige solamente equipos. Dirige convicciones. Y las convicciones son hermosas, pero no siempre alcanzan. A veces incluso pesan. A veces impiden cambiar. A veces transforman la lucidez en terquedad. Ese es el drama del personaje. Y una vez más, el personaje se comió a la persona.

Por eso esta eliminación de Uruguay no destruye a Bielsa, pero sí lo desnuda. Lo devuelve a su contradicción más antigua: ser un entrenador más citado que coronado, más estudiado que victorioso, más influyente que decisivo.

El bielsismo seguirá vivo, claro. Porque las religiones sobreviven mejor a las derrotas que los equipos. Siempre habrá discípulos, frases, pizarras, entrenamientos a puertas cerradas, futbolistas agradecidos y periodistas dispuestos a explicar por qué perder así no es perder del todo.

Pero esta vez conviene decirlo sin miedo: también perdió Bielsa. No perdió solo Uruguay. No perdió solo un plan. Perdió una idea que volvió a no encontrar salida cuando el escenario le pidió algo más que coherencia. Y quizás ahí esté la verdad más dura.

Marcelo Bielsa puede seguir siendo un maestro. Pero los Mundiales, hace tiempo, dejaron de tratarlo como alumno destacado.

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