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El hombre de las mil caras

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Circula por nuestras pantallas El hombre de las mil caras, excelente película de Alberto Rodríguez que recrea el personaje de Francisco Paesa, misterioso personaje con una extraordinaria habilidad para lograr que la realidad y el engaño se confundieran en las alcantarillas políticas españolas. El título, que no el personaje, le convendría a Zinedine Zidane, que vive días felices en el mejor Real Madrid de los últimos tiempos y quizá de los últimos 10 años.

Al técnico del Real Madrid no le falta misterio, de manera que en muchas ocasiones parece que sólo Zinedine conoce a Zidane. Hay algo insondable en su carácter, una distancia apreciable entre lo que vemos, lo que suponemos y lo que es, porque Zidane ha manifestado en el último año una capacidad camaleónica para representar toda clase de papeles, algunos aparentemente contradictorios y muchos de ellos imprevistos.

Antes que nada, Zidane fue figura. Su prestigio como jugador fue utilizado por Florentino Pérez para sofocar un incendio que amenazaba gravemente a la estabilidad del equipo. Con Zidane, el Madrid se garantizó en un primer momento la autoridad que faltaba en aquellos días, pero ese registro tiene recorrido corto. Sólo sirve en las victorias, y el Real Madrid empezó a ganar con rapidez.

El grupo. La segunda versión fue la de gestor de egos. Tampoco falló en ese capítulo. Nunca pretendió sobresalir por encima de las figuras. Generó un ambiente confortable para las estrellas, que respondieron con la voluntad de colaboración que no se había apreciado en la era Benítez. Conducir las vanidades no era suficiente para satisfacer a la plantilla, donde podía producirse un injusto ataque a la meritocracia, especialmente en los jugadores de la cantera y en los menos mediáticos. Zidane lo resolvió con la misma sencillez, sin ruido y con decisiones que afectaron inmediatamente al rendimiento del equipo.

Carvajal y Casemiro alcanzaron la titularidad, Lucas Vázquez y Nacho aparecieron con frecuencia en las alineaciones y Varane recobró poco a poco el escalafón perdido en los dos años anteriores. Sólo dos jugadores se sintieron inquietos: Isco y James, en gran medida por una decisión de gran calibre táctico. Zidane eligió a Casemiro como medio centro, colocó a Kroos a su izquierda y a Modric a su derecha. Se atrevió en definitiva a consagrar el plan que Benítez insinuó sin la convicción necesaria.

Aunque el problema del descontento de Isco y James tenía miga, Zidane ha encontrado la manera de darles tiempo, importancia y satisfacción. La lesión de Bale ha tenido efecto sobre la táctica (el 4-4-2 es bastante frecuente ahora) y en la utilización de los recursos de la plantilla. Lucas, Isco y James han pasado por las alineaciones con toda la naturalidad del mundo y un efecto contagioso: nadie se siente discriminado. Hay una sensación general de justicia que el Real Madrid agradece en su juego.

Entre las múltiples versiones de Zidane pocas han sido más imprevistas que su fascinante ejercicio mediático. Ni Ancelotti, un maestro de la representación, le iguala en su capacidad para comunicarse con el periodismo sin caer en ningún momento en la soberbia o la babosería. Este capítulo, tan importante en un club sometido a un infierno mediático, lo ha resuelto Zidane con la misma eficacia que todos los otros desafíos. Ninguno más crucial que el de los resultados. Y ahí no caben dudas. El Madrid no ha perdido ninguno de sus 39 últimos partidos, ha ganado la Copa de Europa y hace más de 25 años –desde la época de la Quinta del Buitre- que no está tan cerca de ganar la Liga. Lo mejor del caso es que Zidane ha desvelado el aspecto que muchos le han negado, el del técnico capaz de afinar al Madrid hasta convertirlo en el equipo de referencia. También lo ha conseguido. Este Madrid juega de maravilla.

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