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América de Cali

Perfil: Oreste, entre el odio y el amor en América de Cali

El Presidente del América, entre el trato con jugadores provenientes de la marginalidad, y la alta sociedad. Detalles de la vida del hombre al que muchos aborrecen.Deportivo Cali vs América Cali en vivo

CaliActualizado a
El presidente de América de Cali se confesó con AS Colombia
AS COLOMBIA

Su esposa grita, sus hijas lloran, su familia se desespera. Él se muestra inquebrantable, recio, aunque seguramente, golpeado por dentro. Hace algo más de dos años consideró que su nuevo reto era semejante a cruzar una piscina de 50 metros, no obstante, aún continúa braceando en medio de un océano. Es Oreste Sangiovanni, presidente del América de Cali.

Y parece indesmayable. Se muestra paciente, impávido, sosegado. “Lo heredé de mi padre”, asegura. Luego del más reciente fracaso del América en los cuadrangulares con sede en Bogotá, contó 8.000 mensajes que entraron a su WhatsApp, cerca de 200 de ellos eran en tono amenazante, y la mayoría lo sindicaban de ladrón, de ser un desalmado negociante que disfruta con el dolor de unos lastimados simpatizantes de un equipo que en otrora fue poderoso, grande.

Son las 4:15 de la tarde de un martes, las calles de Cali hierven del calor, y Oreste Sangiovanni Panebianco está bajo el aire acondicionado del restaurante contiguo al lobby del hotel de propiedad de su esposa, Sandra Freiye; se fuma un cigarrillo Marlboro mentolado, por momentos observa, en un gigantesco televisor, el juego de la Champions League entre el PSG y el Chelsea, e ironiza o se ilusiona: “ojalá algún día pudiéramos traer a Zlatan Ibrahimovic”.

Luego, selecciona aleatoriamente uno de los miles de mensajes que entran a su WhatsApp, responde algunos, sin conocer los destinatarios, mira las fotos del perfil de otros y se pregunta al observar a dos menores de edad con la camiseta del América, ¿Cuál de estos dos será el que dice que me va a pegar dos tiros en la cabeza?

Para muchos de los seguidores del América el nombre de Oreste Sangiovanni genera repudio, resistencia, y él, a su manera, reconoce que cuando el ambiente se ha tornado convulsivo, pesado, ha debido guardar refugio.

“Cuando no se dan los logros que la gente quiere, toca inmovilizarse, aunque no soy un hombre callejero, ni de sitios nocturnos, ni de ir a centros comerciales. Es la realidad en la que uno se fatiga. Tenía claro que si América ascendía, yo entregaba el cargo. Es mi deber estar allí, es un tema de carácter”, comenta el presidente de los americanos.

Está vestido con un saco con pequeños cuadros, una camisa café, un jean de un tono más claro y unos zapatos de una reconocida marca italiana; visiblemente agotado, con una barba de algunos días. Cuando la situación en América está tensa, se fuma hasta dos cajetillas de cigarrillos en un día, y habitualmente duerme máximo cuatro horas; lee, hace actividad física, piensa y hasta sueña despierto, con los ojos bien abiertos, pero no ora ni llora.

“A mí el dolor me da por llorar por dentro”, comenta y compara el lastrado momento deportivo del América con el de 1992, cuando Juan José Bellini le cedió su cargo como presidente de los ‘escarlatas’ para asumir el mismo en la Federación Colombiana de Fútbol.

Sangiovanni, no es un comprador compulsivo ni un cuidadoso coleccionista. “Solo colecciono recuerdos. Puedo describir con lujo de detalles cada vivencia con Wilson Pérez, Freddy Rincón, ‘Pacho’ Maturana, Diego Umaña, Leonel Álvarez… en el título del 92”.

También guarda en su mente las tantas sugerencias que le brindaba al fallecido Albeiro Usuriaga, los desenfrenos de ‘el Palomo’, las veces que estrellaba los carros, las tantas otras que llegaba a la sede deportiva con el equipo de sonido de su campero a alto volumen, cuando “estaba junto a Albeiro en la puerta de un hotel en Santa Marta, previo a un juego entre Unión y América, y en tres minutos llegaron cerca de mil personas a rodearlo, se quedó sola la playa”.

En su mente también está latente cuando Eduardo Pimentel –entonces capitán del América- fue a su oficina para pedirle, en nombre del grupo, que asumiera la presidencia, y también guardará las veces en las que camino a los estadios, el hoy propietario del Chicó, se paraba del asiento del bus para simular que tenía un capote y toreaba, mientras el resto de sus compañeros gritaban “¡Oleee!”.

Entre el fútbol y la alta sociedad

Sangiovanni nació un 14 de junio de 1960, es signo géminis –la dualidad de la mente-; tiene cinco hijos -tres mujeres y dos hombres- fruto de dos matrimonios. El primero fue con María del Mar González, quien es hija del exgobernador del Valle, Ernesto González Caicedo. Fue ella quien lo llevó por primera vez al club Colombia. Ese día, Oreste dejó ver que procedía de un hogar de emprendedores de clase media, del tradicional barrio caleño San Nicolás, y que su ascendencia social se dio gracias a la empresa familiar Águila Roja, que inició en la Plaza de Cayzedo como una fuente de soda que fundó su abuelo materno, y que su padre, ‘Pepino’ Sangiovanni, consolidó.

“Ese día en el club Colombia me preguntaron si quería escargots, y como no sabía que era respondí que prefería mejor carne”, recuerda y agrega: “Es que yo no sé jugar tenis, ni polo, ni golf. Lo único que sé jugar es fútbol, lo que juegan los pobres y lo hago desde que estaba en la universidad de San Buenaventura, jugada de delantero. Soy hijo de unos inmigrantes italianos, y fui el primer profesional Sangiovanni desde la época de la prehistoria, porque mi padre siempre quiso tener un hijo abogado”.

Entonces Sangiovanni, del trato con algunos futbolistas provenientes de la marginalidad, mutaba a sentarse a manteles con la alta sociedad. Se hizo bachiller del colegio Berchmans, y a los 23 años egresó de la universidad.

“Cuando me gradué, le pregunté a Pepino –su padre- cuál iba a ser mi nuevo cargo, y él me respondió, ‘le toca hacer de todo, aquí tiene que mamar y silbar’, y he hecho de todo, desde vender café y pastas en los supermercados, hasta comprar la materia prima, manejar datos contables, contratar personal…”.

Luego de cerca de 20 años, decidió volver a tener presencia pública, ser “un quijote” -como define a la actual junta directiva del América- detener la caída de los rojos al precipicio, a la desaparición; retornó a la presidencia de un equipo que carecía de la inagotable chequera de otrora –cuando era propiedad de la familia Rodríguez Orejuela- con deudas por 25 mil millones de pesos, que hacía algo más de un año antes de su arribo había perdido la categoría, y que palidecía.

Ese profuso sentimiento hacia América inició cuando tenía siete años. Su padre lo llevó al Pascual Guerrero a un clásico frente al Deportivo Cali. Pepino y Oreste coincidieron en que les gustaba el rojo, y el segundo hermano, Ettore, se definió por el verde. Ese profuso sentimiento creció cuando su padre compró acciones de los ‘escarlatas’, y luego presidió al equipo en su época más fecunda, cuando lograron seis títulos del fútbol colombiano en ocho años y tres subcampeonatos de la Copa Libertadores.

Y mucho más cuando ese portentoso equipo liderado por el médico Gabriel Ochoa Uribe, llegaba a entrenar a diario en la cancha de Águila Roja, la empresa de su familia.

No obstante, la junta directiva que Sangiovanni ha liderado, ha sido desacertada, infortunada en los resultados deportivos. En 2013, le confió sin acierto la dirección técnica del equipo a Diego Umaña; luego, contrató a un John Jairo López inexperto, a quien destituyó del cargo para reemplazarlo con un fiasco, como lo fue Luis Augusto García, quien fue tan ineficaz como el plantel que tuvo el América en los pasados cuadrangulares en Bogotá, que parecían creados para que el equipo vallecaucano retornara a la primera categoría.

“Nosotros no descendimos al equipo, no hemos podido ascenderlo, pero hoy América es mucho más de lo que era, aunque no es suficiente. El 2013 supuso un enorme descalabro deportivo. Ese déficit nos tocó cubrirlo a los socios, Osbert Orozco, José Sangiovanni, la familia Navia en una menor parte y Oreste Sangiovanni. A cada uno nos tocó capitalizar cerca de 3 mil millones de pesos, y en el 2014 nos tocó reducir el personal administrativo, recortar gastos, hospedarnos en hoteles de tres estrellas, viajar el mismo día del partido. Ningún miembro de la Junta Directiva pide ni para tiquetes, ni hoteles. Estar en la B nos supone dejar de recibir algo más de siete mil millones de pesos”.

Sangiovanni, asegura que el pasivo de América podrá quedar reducido a los 3.500 millones de pesos, cuando se capitalicen las acreencias; además, lideró el proceso que impidió la liquidación del equipo, y la salida de la Lista Clinton. No obstante, los hinchas quieren resultados en el campo, y como no llegan, es por ello que su esposa grita, sus hijas lloran y su familia se desespera.

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